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Cambio climático y políticas fiscal y monetaria

Recopilado por: AGNUS® PUBLICIDAD

La reciente denuncia del acuerdo de París por la Casa Blanca ha sido una pésima noticia. Es lo que pasa cuando un pirómano gana las elecciones a presidir la primera potencia mundial y principal contaminante plantario. Sin embargo no está todo perdido: los principales estados de la Unión (California, Nueva York) han lamentado ese paso atrás y ratificaron su compromiso con la reducción de emisiones. Otro tanto han manifestado las principales empresas tecnológicas americanas. Incluso ExxonMobil ha lamentado ese paso atrás.

La Unión Europea y China han dado un paso adelante y quieren liderar la lucha contra el calentamiento global con el objetivo de que la temperatura del planeta no suba más de 2 grados centígrados en este siglo.

Mi pequeña contribución a esa causa será esta entrada con la que pretendo ilustrarles de las principales herramientas en política fiscal y monetaria para la lucha contra los gases de efecto invernadero (GEI). Obviamente sólo serán unas ‘zapatillas para andar por casa’, unas nociones básicas para que sepan ustedes manejarse en la cocina.

I. La Contabilidad pública de los gases de efecto invernadero

Los gases de efecto invernadero potencian un fenómeno atmosférico que permitió el inicio de la vida en la Tierra: la retención del calor irradiado por el sol. Se calcula que sin la presencia natural de esos gases la temperatura media de la Tierra sería de -18ºC en lugar de los 15ºC. Esos gases son fundamentalmente el CO2, el Metano, el Ozono y diversos clorofluorocarbonos. Ahora bien, la actividad del hombre en la tierra incrementa la presencia de esos gases y causan un desequilibrio que conduce al aumento de la temperatura media.

El efecto invernadero es poderosísimo en los cloro y fluorocarbonos, significativo en el metano y de menor intensidad en el dióxido de carbono. Sin embargo, al ser un residuo de la combustión energética, las emisiones de  CO2 son masivas y también una medida muy exacta de la intensidad de la actividad humana. Por ello la huella climática se expresa en toneladas métricas equivalentes de CO2, previa reducción de las restantes emisiones a este ‘común denominador’. Sobre esa magnitud bruta deben practicarse varios ajustes tal como se muestra en el siguiente gráfico:

gráfico entrada antón beirasPrimero debe deducirse la hulla climática de las exportaciones y sumar la de las importaciones.  Sería un error considerar las tablas de emisión bruta como un título de imputación a cada país. La contabilidad de la huella de carbono es más compleja. La huella de carbono de su iPhone está emitida en China, pero por ese teléfono habla usted que vive en España. Luego la emisión de esa huella ser imputada en España. Entonces la huella de carbono imputable resulta de añadir a la huella emitida por cada país, la correspondiente a los bienes importados y restar la que corresponda a los bienes exportados. Segundo debe actuarse sobre los servicios: el turismo es la principal industria española. Pues bien, la huella de carbono del turista debe regresar en el avión que les lleva de vuelta a su país de origen y ha de computar allí. Tras estos ajustes tendremos la huella de carbono neta de cada país. Una vez determinada esta magnitud se está en condiciones de actuar sobre la misma con políticas públicas que agruparé en tres principales instrumentos de política fiscal y monetaria y otro de naturaleza tecnológica. Se trata, a fin de cuentas, de transformar un modelo productivo y de producción energética que descansa en los combustibles fósiles en otro modelo que descanse en energías renovables.

II. Los impuestos sobre el carbono

Para muchos expertos son el principal instrumento de lucha contra el calentamiento global: se trata de gravar el hecho imponible de la combustión fósil. Los expertos aconsejan desligar el impuesto del precio del barril y aseguran que el impuesto debe configurarse como específico y no ad valorem. Por consiguiente su base imponible será el barril de crudo, la tonelada de carbón o el metro cúbico de gas natural. El tipo impositivo variara desde el más alto para los más contaminantes (carbón) hasta los menos contaminantes (gas natural). Yo soy escéptico: personalmente creo que la política fiscal por si sola será incapaz de financiar transición a un nuevo modelo productivo. Es verdad que crear ese hecho imponible nuevo, la combustión fósil, encaja como anillo al dedo en la función neoclásica de los tributos: la expresión misma de “Quien contamina, paga” evoca sin dificultad la teoría del ‘sinner tax’, tal como el impuesto especial sobre el alcohol o el tabaco. Tampoco se debe despreciar el efecto inducido del tributo sobre la mano invisible a la que se refería Adam Smith en ‘La riqueza de las Naciones’, incentivando una industrias, actividades y conductas y penalizando otras. Pero también es cierto que el reto ciclópeo al que se enfrenta la humanidad excede de largo las capacidades de los tributos, pues a partir de una determinada magnitud son altamente recesivos para la economía. Para afrontar con éxito este reto de descarbonizar la industria ha de implicarse directamente a la iniciativa privada, y los impuestos solo actúan de forma indirecta sobre esta.

III. Los Bonos de Carbono

El Protocolo de Kioto quiso canalizar la iniciativa privada acordando la creación de un mercado de derechos de emisión. Se le llamó bonos de carbono. La economista argentina Graciela Chichilnisky tuvo la genial idea de emitir unos derechos de emisión: ¿Cuanto contaminábamos en 1990, el objetivo marcado por Kioto? ¿100 Toneladas de CO2? muy bien pues concedamos a la industria mundial el derecho a emitir 95 toneladas equivalentes de CO2. A continuación titulizamos esos derechos y creamos 95 bonos transmisibles y un mercado en el que cotizan. La demanda de ese mercado son 100 pero la oferta solo son 95, luego el precio del bonos sube. En ese punto, se crea un estímulo a la inversión en tecnología, hasta que su coste marginal iguale el coste de adquirir el bono que falta. Las empresas que han hecho los deberes e invertido en tecnologías eco sostenibles se desprenden de bonos sobrantes. Y las empresas sucias deben adquirirlos para cubrir sus emisiones: incorporan a sus costes la adquisición de bonos suplementarios y penalizan sus competitividad. En definitiva, la eco sostenibilidad se convierte en una commodity, en una mercancía que cotiza en un mercado: nace la mano invisible de Adam Smith que empujará por la protección del medio ambiente.

Lo cierto es que los bonos y el Protocolo de Kioto fracasó, al decir de la mayoría, porque EEUU no lo ratificó y porque Canadá lo abandonó. Yo tengo mis dudas acerca de esa tesis oficial. Yo creo que el mercado de bonos de carbono fracasó porque no se operó adecuadamente sobre los precios. Me explicaré con una anécdota que les leí a Paul y Mary Sweezy, un matrimonio de economistas neokeynesianos. En un momento de su carrera profesional, los profesores Paul y Mary Sweezy se desplazan a Washington contratados como funcionarios del Congreso de los Estados Unidos. Occidente está en plan guerra fría con el bloque soviético. Para desactivar el sindicalismo occidental es necesario el crecimiento económico, eliminar las bolsas de pobreza interior, crear una pujante clase media que aspira a una vivienda unifamiliar con garaje y auto, y que asegura un futuro a sus hijos: nacía el estado del bienestar. Eso se cocinó desde el Congreso de los Estados Unidos, que creció como órgano legislativo y contrató a muchos centenares de profesionales jóvenes que se instalaron en Washington.

Esos jóvenes matrimonios venidos de toda la Unión pronto tuvo que gestionar su ocio y su maternidad. Mary Sweezy propuso la creación de unos bonos de canguro: a la hermandad de funcionarios del Congreso se le atribuirán dos bonos de canguro por familia. Quien quisiese salir el viernes a cenar consumiría un bono que entregaría a quien hiciese de canguro que así aumentaría su cartera hasta tres y aumentaría también su propensión a salir de juerga. En un otoño dado el mercado se colapsa y entra en recesión. Se avecinaban el día de difuntos, el Thanksgiving Day y las navidades y todos se ponen a ahorrar: ya nadie escucha Jazz en su club favorito. Paul y Mary deciden poner en marcha una política monetaria expansiva: bajarán a los sótanos de ese gigantesco edificio gubernamental de oficinas, a la sala de reprografía. Llenarán la bandeja de la Rank-Xerox con bonos y le darán al botón e “Copy”. La autoridad monetaria regalará a cada familia de la hermandad dos bonos adicionales. Y para ser consecuente con ese compromiso anti cíclico, Paul y Mary se los gastarán el viernes y el sábado cenando y escuchando al Milt Jackson Quartet. Pero sólo se harán empobrecido temporalmente. Porque al siguiente fin de semana, otro matrimonio que ha hecho de canguro se encuentra con la siguiente situación financiera: Posee dos bonos de canguro originarios, que atesoraba a cara de perro para las vacaciones de navidad. Posee otros dos bonos regalados por la autoridad monetaria. Y posee otros dos satisfechos por su servicio al matrimonio Sweezy: ¡ya se pueden permitir salir de juerga¡ La crisis económica ha terminnado.

Esta pequeña anécdota, además de reducir a la condición de absolutos paletos a los economistas austericidas de Frankfurt -que dicen que un país es como una familia y no puede gastar lo que no tiene- también explica el fracaso de los bonos de carbono: alguien tiene que mandar en el botón de la Rank-Xerox. La utilidad marginal de la inversión eco sostenible empujará hasta igualar el coste del derecho de emisión de una tonelada de CO2 y eso exige actuar sobre los precios: solo restringiendo la emisión de bonos y actuando coercitivamente sobre quien emite por encima de los bonos poseídos se garantiza un precio suficiente del bono para estimular la utilidad marginal del I+D. En definitiva, faltó un organismo regulador, un banco central que pusiera precio al dinero –o al bono- si usted lo prefiere.

IV. El ‘CO2 Tax & Dividend’: la propuesta de ExxonMobil al Presidente Trump

El impuesto ambiental propuesto por ExxonMobil, cuya recaudación se devuelve a la población en tarifa plana, no es propiamente un impuesto. En este blog  encontrarán una descripción estupenda de esta iniciativa: El primer año, se aplica un impuesto de 30 € por tonelada de CO2 equivalente a TODOS los productos que contengan gases invernadero: petróleo, gas natural, carbón, y otros. Se les aplica en el punto de entrada a la economía nacional: puerto de descarga, mina de carbón, pozo de petróleo, etc. El estado recauda una cantidad aproximada de 10.000 M€. No es mucho, el 1% del PIB. El efecto en el precio de la gasolina o del gasóleo es de 0,08€/litro. No demasiado, pero encarece llenar el depósito y todo lo demás aguas abajo: Los productos que requieran mucho transporte se encarecen frente a los productos locales. Los productos que requieren mucha energía fósil se encarecen frente a los que se pueden producir con energías limpias o sus sustitutos. Los billetes de avión, el transporte marítimo se encarecen. EL acero, el aluminio, el cemento…

Los 10.000 M€ se reparten linealmente entre todos los ciudadanos. Aproximadamente a 1.000 € por cada familia de 4. No es mucho, pero las familias reciben un cheque de Hacienda (o una desgravación en el IRPF) por 250 € por persona. Los que hayan consumido mucha energía fósil habrán pagado mucho más como impuesto de lo que reciben como dividendo… No les importa, al menos el primer año.

Al segundo año, se incrementa en 10€/tCO2e el impuesto anterior… Lo recaudado sube a 13.000 M€ y el reparto a 330€/persona….  Y así cada año. Al cabo de 6 años, el recargo es de 90 €/ton y lo recaudado son más de 30.000 M€ que se reparten a razón de 750 €/persona, 3.000€  a una familia de 4…Bueno, esto va en serio. El ciudadano que tenía 2 casas de 400 m2, con la calefacción o el aire acondicionado a tope, dos coches de 20 litros/100km y viajaba 5 veces a América o Europa…. está soportando un recargo de 6.000 € y apenas le devuelven 750!

El kWh sucio (producido en centrales de carbón o de gas) sale a precios muy superiores al kWh limpio producido con solar, eólica, geotérmica o hidroeléctrica. Las empresas invierten en generación limpia, en soluciones de almacenamiento de energía,… Los hogares se toman en serio la rehabilitación, pues la eficiencia es doblemente rentable. Las industrias migran a calefacción eléctrica renovable. Las empresas agrícolas y forestales migran a maquinaria eléctrica e invierten en reforestación. Las ventajas de los LEDs, del coche eléctrico se multiplican. Llenar el depósito de gasolina ya era cuatro veces más caro que con electricidad en 2016. Ahora, en 2022, es diez veces más caro: Para un consumo de unos 200.000 Km (la vida de un coche), la gasolina o gasóleo ya son 20.000¤ más caros que utilizando electricidad. En 2030, nadie querrá comprar coches de motor térmico… El impuesto y el dividendo se incrementarán año tras año, de manera irreversible.

Básicamente, pues, consiste en a) imponer un impuesto al CO2 en los puntos de entrada a la economía (puertos de recepción, minas pozos petrolíferos; y b) devolver a la población el impuesto recaudado mediante una tarifa plana. Para un economista no es difícil llamarle impuesto: en un lado de la ecuación macroeconómica está T (Taxes) y en el otro está G (gasto público). Pero técnicamente no se está financiando ningún servicio o bien público. El impuesto recaudado se devuelve en dividendo monetario a la población. Luego el modelo es un fondo de carbono, parecido al fondo de pensiones al que se contribuye con aportaciones para financiar eventos tales como la baja por enfermedad, por accidente laboral o la jubilación. Lo que sucede es que en el modelo mutualístico, las cotizaciones son planas, y los dividendos no lo son. Pero en el ‘fondo de carbono’ las aportaciones son eventos en los que se incorpora el CO2 a la economía, y quien es plano es el dividendo que se redistribuye entre la población.

En cualquier caso, la diferencia más importante con el tributo clásico es que carece de un efecto recesivo, pues no compite con la inversión y el consumo al no detraer recursos del ámbito privado. Sin embargo el dividendo redistribuye la renta entre la población y el sistema tendrá un efecto multiplicador sobre la iniciativa privada.

V. Los “CO2 Sucker”: La creación de sumideros de carbono

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Los expertos más pesimistas (de momento pocos) opinan que ya hemos alcanzado un punto de no retorno y que habrá que extraer CO2 de la atmósfera. Otros razonan que el coste de esa medida sería insostenible. En cualquier caso debe recordarse que quienes más extraen CO2 de la atmósfera son las masas forestales. Por consiguiente, más que invertir en costosos aparatos que chupen el exceso de CO2 de origen humano, habrá que invertir en que no se destruyan esas masas forestales a la velocidad que vienen siendo destruidas hoy en día.

Hasta aquí algunas de las herramientas para la descarbonización. A ustedes les toca el compromiso con ellas. Apaguen el aire acondicionado cuando no sea imprescindible. Cuando toque cambiar la vieja caldera de fuel, consideren la posibilidad de cavar dos tuberías de agua hasta los 200 metros de profundidad en su jardín, donde la roca siempre está a 15 grados. Cuando en invierno haga 5º, enterrarán frigorías en la tierra. Y cuando como ahora haga 30º, enterrarán calorías. Y no se dejen embaucar por algunos gurús que exclaman que la lucha contra el cambio climático les abre un vasto panorama para hacer nuevos negocios. La lucha contra el cambio climático se llevará mucha, mucha riqueza por delante. Los pocos que estén en el lado bueno de la ecuación experimentarán un desarrollo fulgurante en su industria. Es natural y así debe ser: luchar contra el calentamiento global dará lícitas ganancias a la empresas tecnológicas. Pero para la mayoría de nosotros será suficiente con que no se nos pille en el lado malo de la ecuación y eso poco tiene que ver con emitir CO2 en nuestros negocios.

Permítanme que me explique. Si usted es titular de una auditoría de tamaño medio, tiene 20 colaboradores y entre sus clientes está una importante petrolera española que significa el 80% de su facturación, usted está en el lado malo de la ecuación. Tanto tiene que la huella de carbono de su oficina sea inferior a la de su chalet adosado en Pozuelo: usted está de lleno en el lado malo. Usen pues la cabeza, empujen en la dirección de la mano invisible. Premien sus proveedores y clientes eco sostenibles y penalicen los que emiten. Y si quieren ir para nota, cómprense del Profesor de la U. Autónoma de Madrid, Carlos Taibo, “En defensa del decrecimiento” . Les conviene informarse sobre el nuevo paradigma que se avecina.

 

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